Legendaria, o eso que pasa en los casamientos

El sábado tuvimos casamiento. Una boda esperada de dos ínclitos amigos. Dos historias especiales y únicas. La fiesta fue legendaria.

He visto a la misma pareja bailar en cada casamiento de cada una de mis amigas: ella, rubia y pelicorta; el, ruloso y barbudo. Nunca nos presentaron. Siempre están bailando juntos: deben estar haciéndolo desde la primera boda que los vi, en todas las pistas del mundo, y aun no han parado. Los dos son como un olograma del amor exclusivo.

Bailé muchísima cumbia, disfruté de los pasos de tres chacareras en fila (como siempre, desde afuera, otra vez me falla la pareja). Había un morochito que zapateaba con tanta seguridad como gracia. Fue maraviloso verlo inclinarse sobre los brazos de su china. Exquisito el tango de los novios: bajo el vestido blanco, las piernas femeninas. Sin ellas, igual, hubo precisión y estilo.

Fue como estar en el día de mi entierro pero conmigo. Es decir: ese ir y venir de un lado al otro de la fiesta como en casa, después de tantos años afuera. He visto cómo la suavidad de algunos mentones se volvieron rígidos en estos años; cómo caras lejanas se tornaron desconocidas, cómo caras nuevas de novios nuevos fueron como si las conociera desde la infancia. (Abracé a tanta gente y no paré de decir “te quiero” a quien se me ponía delante. No necesito las copas para hacerlo; juro que lo necesitaba).

Hemos conversado de temas trascendentales y de ligoteos. Hemos dicho chistes ridículos que sonaron geniales. Hemos hablado con invitados que nos entregaron el corazón latiendo en una bandeja.

El reencuentro con un compañero del colegio: qué-es-lo-que-hiciste, ¿tenés chicos? Fue como hablar desde el océano. Estuvimos cinco años en España, tenemos dos hijos, hicimos el doctorado, vivimos en Uruguay, viajamos, sur de Francia...todo sonaba a vida de otro, curiosamente nuestra.

Y fuimos de nuevo postadolescentes. Renovamos en silencio los votos. Volvimos caminando en la madrugada, con el sol en la nuca.

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El ciclo del agua

La verdura fue volcada de la olla al escurridor. El agua caliente salió por debajo del colador a raudales, dejando un aroma a zapallos y boniatos hervidos y salitrosos. El vapor se elevó, chocó contra el mueble encimero, y él lo miró ascender con concentración. Extendió las manos, hizo un semicírculo con ellas y quiso agarrar el humo blanco. Lo alcé y siguió intentándolo. Después se bajó, fue hasta el ventanal de vidrios empañados y dejó sus marcas de dedos y boca en la superficie fría. Se dio vuelta, se sacó las medias y empezó a limpiar con ellas todos los muebles del living y mi pierna izquierda,  tranquilo y seguro de haber aprendido algo nuevo.

Equilibrio matutino

La familia arriba de la moto. Ocho y media de la mañana, arde el boulevard. El padre (36) conduce con casco y suéter azul. La nena (6) con casco rosa y puñitos cerrados y en tensión contra el suéter paterno. La madre (34), con casco también, se sube de una zancada con dos mochilas al hombro, y enseguida acaricia con una mano el suéter azul; con el codo agarra a la niña; con el antebrazo izquierdo, el fierro de la moto; con la axila, el termo plateado y con la mano izquierda, el mate nuevo, recién cebado.

Lady Argentain

Lady Argentain es la administradora que nos atendió amablemente el otro día en su departamento particular. Nos abrió la puerta mientras despedía a otra clienta y un perrito salchicha de sesenta centímetros, negro y feo, ladraba alegremente. El perrito no era de la clienta, como imaginábamos, era de Lady Argentain.

Ella, cincuentona y gordita, lucía esa cabellera de rulos italiana teñida de negro, y unos ojos morochos y saltones. Tenía ademanes de reina de barrio, abalorios y pulseras que la rodeaban de un clin clin, una remera con agujeros decorativos comprada en Once, y un rimmel pesando sobre sus pestañas. Nos invitó a pasar, indagó. Quería saberlo todo, de dónde veníamos y a dónde íbamos, pero nosotros aprendimos el arte del no revelar información  prescindible y nuestras caras fueron paredes. Voz chillona, muy amable, mucho esmalte. Su piso tenía olor a casa de soltera, divorciada o viuda porteña: mezcla de olor a perrito y gato, humedad y desodorante de ambiente Poett lavanda. Movía mucho las manos, miraba por encima de los anteojos de presbicia. Arriba de la computadora, tres portaretratos enmarcaban fotos fuera de foco: el primero, un gato sobre un sillón inmundo; el segundo, otro gato, pero blanco, sobre una colcha; el tercero, un perro pariente del salchicha.

En eso sentí un tirón en las babuchas. El perrito empezaba a comerse la tela y tiraba hacia abajo.

Señora…digale a su perro que no se coma mis pantalones– acoté.

Ay, ay…Pupi, Pupi, salí de ahí, nene..- y lo pateaba con sus sandalias que estaban apoyadas sobre patines de felpa, para no ensuciar el parquet.

Pupi insitió con mis babuchas por dos o tres veces más. Perro de porquería, pensé casi cuenta veces, pero con otras palabras.

Lady Argentain había viajado mucho: sombrero mexicano en la pared, jarra de cerveza alemana, bolso negro de Venecia. Entre las cajas de VHS, una que decía “Brasil romántico”, como de los años noventa. Miles de souvenirs de fiestas de quince, casamientos y bautismos.

Queríamos irnos cuanto antes, pero insistió mucho: Qué bien, no sabía quiénes eran ustedes, no sabía nada si estaban acá o fuera…Lady Argentain tiene un arte innato para sacarte información, chismosear y urgar en tu vida, aunque vos no quieras. Nos sacó sólo que tal vez no estuvieramos este mes. Muy amable, cariñosa, hablando de la inflación, del dinero que no alcanza.

Gracias. Decidimos largarnos cuanto antes. Nos acompañó, arrastrándose por el suelo con sus patines de tela, y con Pupi saltándole entre los pasos, sutil, oloroso, insoportable.

Vuelvan cuando quieran... insitió ella, con toda su blanca humanidad en el agujero de la puerta.  No fue tan mala su pericia, ni su actitud. Terribles fueron esos dos segundos en los que quiso ser nuestra segunda mamá y no lo consiguió.

Estar viva

Beba se enamoró una sola vez en su vida y ahora, ésta. Entró un día en el almacén del barrio y, a pesar de las canas, empezó a temblar por dentro y por él: un chico joven, ecuatoriano, simpático y honrado, el empleado nuevo. Todos los días, desde entonces, ella compra el pan ahí y las cosas sueltas que se olvida cuando va al mercado. Pero desde que empezó a tratar a Lauro, se siente idiota y apesadumbrada. Podría ser su abuela, piensa, su bisabuela. Y es de otra raza y de otro sexo, y qué ridícula si… Tengo que volver a comprar donde siempre.

 Lo ve con frecuencia, porque el mercado empezó a quedarle lejos. Además, ahora se lo encuentra en el club social, en la comisión de vecinos y en el parque. Ella siempre fue jovial y, desde que cumplió sesenta, mucho más. Alegre y divertida, llena de nietos y de historias, ama a Alfredo con locura, y Alfredo a ella. Nunca hubo ni un más ni un menos con el primero de todos, con el que siempre será el primero. Nunca hubo dudas con él, los tambaleos de siempre y las peleas, pero quién no, piensa, extrañamente culposa en una vida sin grandes sobresaltos. Es más, el escrúpulo siempre le pareció eso, lo que la palabra insinúa, un grano o un sarpullido con pus a punto de estallar; su vida, libre y serena, nunca conoció aquella infección.

Quiso controlarlo y razonarlo. Desde el principio, se lo contó a la amiga, pero en broma, restándole atención al asunto, hasta que un día se rindió. Hubo un momento mágico, una charla en el almacén sobre el pasado de Lauro, de cuando trabajaba de ebanista, y de cómo había recorrido la selva, cerca del paralelo, y ella lo escuchó sin hablar. En ese instante sagrado, se sintió completa, en confianza, nueva. Sin darle muchas vueltas, porque no era su estilo, se lo contó a la amiga, al filo de la risa y la angustia. La amiga, veinte años más joven y sabia que ella, escuchó mucho, asintiendo con la cabeza a cada frase, a cada espasmo de sus manos, a cada porqué, porqué, porqué. Siguió el ritmo de la obsesión, comprendiéndolo todo, y en el hilo de la charla le soltó un

-Porque estamos vivas, nena.

Tal vez no sea muy verosímil, pero ahí mismo, a la amiga de Beba le dio por cantar unos versos alados de la Rosario Castellanos, como en un musical technicolor, algo así como…

 

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovary

ni aguardar en los páramos de Ávila
la visita del ángel con venablo

antes de liarse el manto a la cabeza y comenzar a actuar.