Poiesis

El manto

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Abro este blog con entradas publicadas de mi viejo locusinmundo.

Hace casi un año que vengo pensando refrescar aquel o empezar uno, pero necesité que pasara tiempo y que sólo él fuera el cernidor.

Las entradas anteriores a esta fueron publicadas entre el 2009 y el 2012. Seleccioné algunas de las más significativas, o las que mejores comentarios recibieron entonces.

Ahora reabro este canal para seguir compartiendo los fogonazos de un mundo brillante. No es fácil elegir el nombre de las cosas (o al menos, no para mí). Y de pronto volvieron, con una insistencia clarividente, estos versos de Rosario Castellanos: 

no, no es la solución

tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy 

ni apurar el arsénico de Madame Bovary 

ni aguardar en los páramos de Ávila la visita 

del ángel con venablo

antes de liarse el manto a la cabeza

y comenzar a actuar. 

 Ya se ve que escribir, siempre, es empezar.

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Anotar

No sé usar libretas. Me encanta comprarlas, que me las regalen, coleccionarlas, vicharlas en cada negocio que las exhibe, pero no tengo ninguna disciplina con ellas. Las empiezo a usar, las separo en secciones, y después no las respeto. No sé en cuál anoté qué cosa. Mi moleskine negrita, la última joya traída de una librería blanca, anda rebotando por toda la casa y ya no sé dónde está. Pienso en E. Shaw, por ejemplo, y la preciosa costumbre de tomar notas, cual bolsa de gatos, en sus libretitas negras. Ahí ponía un todo revuelto, desde la cotización del día hasta “comprarle flores a Cecilia”. Por supuesto, los escritores y sus libretas, los arquitectos y los blocs, todo aquel que se precie de creador -de ideas, de formas, de luces- anda con una a cuestas. Yo lo he intentado, y ellas se me escapan, salen corriendo al ver mi desorden.

Una vez tuve una libreta a la que llamé “la berenjena”, que tenía esta verdura en la tapa. No la terminé de usar. Mi madre, que me lee casi siempre, debe estar pensado en la serie de cuadernos escritos de adelante pa´trás que duermen en una repisa del armario de su casa. Madre: no lo recuerdes. Estarán juntando polvo, pero son memoria. Toda la que ahora no tengo.

Hay épocas en las que prima la agenda y la rectangular cuadratura de los días desplaza a los espacios abiertos de la hoja en blanco. El semestre pasado fue así.

Pero hace cosa de un mes, otra manía desplazó la de los anotadores: me compré una pizarra para usar con marcadores. Puse una en la cocina de casa. Viene a ser una libreta colectiva, pero deleble, así que no me gusta tanto. Sin embargo, y antes que nada, es muy útil para el día a día. Lo que está ahí no se puede olvidar. Ahí van meriendas, cuartos para limpiar y días, lista de la compra y direcciones útiles. También mensajes subliminales que aquél no termina de entender. Una especie de tabla estratégica de coordenadas familiares. Tan bueno está el implemento que ya hay vecinos que nos han imitado.