Locusinmundo

Camoatí

Trabajo como una hormiguita, con puestos como sombreros de ala ancha, con la cara oscura y las antenas atentas para no chocar contra las piedras. Llevo las hojas, también al viento. Sólo soy reina de mi hormiguero. He ahí todo acolmenado, almacenado en pequeños rincones. Es un hormiguero sin túneles ni muchas entradas. Todo es sencillo, soledado, y a la vista comemos, tiramos agua, cosemos botones, hacemos de un sofá verde un barco de filibusteros.

Hay muchas hormigas de pan, dice un niño señalando el suelo del comedor después de la merienda.

Otro se para a su lado sobre una silla blanca y dice algo similar, pero en un tierno arameo, también con el dedo tieso.

Después salgo y le explico a serios universitarios la transculturación narrativa con la metáfora de una plastilina no tóxica: mezclas los colores y ya no se pueden separar.

Después encuentro en todos los adultos del mundo un gurí adentro que no fue atendido, al que le dijeron: “no duele, ya pasó, no sentís nada”, y a otros cuya madre les contaba cuentos con el velador encendido.

Ahí afuera, una libélula rionegrina, un camoatí sibilante, una hormiga con alas finas y translúcidas que se desplaza a toda velocidad para llegar a tiempo a casa a la hora del tejido.

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Anotar

No sé usar libretas. Me encanta comprarlas, que me las regalen, coleccionarlas, vicharlas en cada negocio que las exhibe, pero no tengo ninguna disciplina con ellas. Las empiezo a usar, las separo en secciones, y después no las respeto. No sé en cuál anoté qué cosa. Mi moleskine negrita, la última joya traída de una librería blanca, anda rebotando por toda la casa y ya no sé dónde está. Pienso en E. Shaw, por ejemplo, y la preciosa costumbre de tomar notas, cual bolsa de gatos, en sus libretitas negras. Ahí ponía un todo revuelto, desde la cotización del día hasta “comprarle flores a Cecilia”. Por supuesto, los escritores y sus libretas, los arquitectos y los blocs, todo aquel que se precie de creador -de ideas, de formas, de luces- anda con una a cuestas. Yo lo he intentado, y ellas se me escapan, salen corriendo al ver mi desorden.

Una vez tuve una libreta a la que llamé “la berenjena”, que tenía esta verdura en la tapa. No la terminé de usar. Mi madre, que me lee casi siempre, debe estar pensado en la serie de cuadernos escritos de adelante pa´trás que duermen en una repisa del armario de su casa. Madre: no lo recuerdes. Estarán juntando polvo, pero son memoria. Toda la que ahora no tengo.

Hay épocas en las que prima la agenda y la rectangular cuadratura de los días desplaza a los espacios abiertos de la hoja en blanco. El semestre pasado fue así.

Pero hace cosa de un mes, otra manía desplazó la de los anotadores: me compré una pizarra para usar con marcadores. Puse una en la cocina de casa. Viene a ser una libreta colectiva, pero deleble, así que no me gusta tanto. Sin embargo, y antes que nada, es muy útil para el día a día. Lo que está ahí no se puede olvidar. Ahí van meriendas, cuartos para limpiar y días, lista de la compra y direcciones útiles. También mensajes subliminales que aquél no termina de entender. Una especie de tabla estratégica de coordenadas familiares. Tan bueno está el implemento que ya hay vecinos que nos han imitado.

Walsh

Hace poco, en una entrevista, Jorge Lanata dijo que Walsh era uno de los mejores escritores argentinos. Me pareció una de esas definiciones con guiño, de un periodista a otro, porque Rodolfo Walsh escribió la realidad como si fuera mentira. Y ahí está el punto, como dice Ondaatje, una mentira bien contada vale más que mil hechos reales. En Sri Lanka y en la Argentina de la (contra)Revolución Libertadora, también.

Lo más divertido es que Lanata dijera: “lástima que era guerrillero”. Esta declaración y el último libro de Vargas Llosa me hacen pensar de qué manera elegante la vieja izquierda no es más que una derecha romántica. Ahora todos los diestros leen a Vargas Llosa y aplauden a Lanata cuando antes no los podían ni ver. La verdad suena bien, venga de donde venga.

 Últimamente todo comentario que se haga puede ser leído en clave política, por eso aclaro, no quiero que mi entrada sobre Walsh sea susceptible de esa lectura -en los últimos días, toda conversación rioplatense termina en una letra (K), en un nudo en la garganta (Paraguay), en un país flotando y legalizando la marihuana, aquí. Y la tentanción de hacer una lectura alegórica de la realidad en la literatura me está tentando mucho, tanto, que parezco afectada de alegoría-.

 Y vuelvo a Walsh, a la lectura trepidante de Operación Masacre, de la dureza de aquella violencia, (de los cuerpos que encontraron en la autopista caraqueña por donde pasa todos los días una amiga), de aquellos otros cadáveres inocentes  del 56 y de los muertos vivos. La invisibilización es un gesto mecánico de muchos gobiernos, pienso, y la crónica siempre estuvo emparentada con la ficción en el periodismo y la literatura argentina. Hay un hilo invisible que sale desde la excursión de Mansilla hasta Eduardo Gutiérrez y que fibrila en Walsh. Siguió entre otros el enhebrado, y las actuales columnas de Reymundo Roberts en La Nación sólo me hacen recordar a La Moda de Alberdi, y la ironia como forma de resistencia. Y detrás de la crónica y el artículo superfluo, el desvelamiento de lo silenciado.

El corazón: viajero, salvaje, cazador solitario

Viaje al corazón del día de Armonía Sommers tendría que haberse sincerado con su género: no es una novela, sino un poema de Olga Orozco. Hasta Clarice Lispector y su Cerca del corazón salvaje, de quien abreva sin saberlo, tiene mayor cercanía con la narrativa.

Empiezo así esta entrada, intempestiva, y con el conocimiento que mis gustos literarios han cambiado. Veamos. Viaje al corazón del día reúne todos los elementos que me hubieran fascinado hace quince años: historia de niña huérfana, criada por abuela rica y opresora en una estancia en medio de la planicie ondulada, con un destino de felicidad hacia el cual corre con los lobos. El uso de los elementos del romance es claro, y Sommers los trabaja hasta el dedillo, y le agrega toda la simbología erótica y lírica con la que envasa cuestiones femeninas de las que no se puede hablar, a mi entender,  a boca de jarro y en ralentí. O eso creo, casi con toda seguridad. La lectura ha sido fluida, amena, de a ratos un tanto bobalicona. Encanta como el cascabel, pero sigue en la cola del gato.

En el revés de su escritura, diría la órfica, sigo releyendo los poemas completos de Orozco que salieron el año pasado y que compré en un viaje, como si se tratase del último libro que me llevaría a una isla.

Clasificados II

 

Lo de la Colo era original. Sabía, cuando eligió la carrera, que ese era el lugar donde pescaría marido. Periodismo: una carrera bohemia pero no al nivel de Humanidades; como para ser casi pobre,  pero no del todo, y aun mejor, en una universidad privada porque, por más diletante que fuera su candidato, siempre detrás habría una familia azul brindando el apoyo y un puesto clave en alguna empresa del abuelo fundador.

Ella no iba con vueltas: hacía la carrera para conseguir marido, para quemar en tareas útiles y provechosas esos años grises entre la secundaria y el hogar. Y eso, en los inicios del siglo XXI, era casi un curiosidad o mejor, era para elegidas. La Colo era una de ellas.

Por eso, cuando terminó periodismo y no hubo ni uno que se le declarase, no dudó en aceptar aquel puesto en el diario local y todas las comodidades de entrar a las 8, salir a las 14, y después hacer….cosas. Pilates, respiración oriental, eneagrama y cursos por el estilo atrincheraban sus tardes (el tiempo en que su abuela hubiera hecho calceta y jugado al bridge), mientras sus compañeras de colegio se atrasaban con sus estudios, hacían viajes de voluntariado a Cuba, probaban infelices convivencias, y se hacían a dedo la ruta hasta Macchu Picchu. De todos modos, ella ganaba tiempo:  buscaba la casa de sus sueños. Por que era eso lo que terminó motivando sus informes inmobiliarios. Y una tía lejana murió y le dejó unos dólares y se le metió en la cabeza una inversión para el futuro: su jaula de oro, al gusto de los años 50, con cosas modernas como hornos inteligentes, pero con la vajilla de diario durex y la loza de los días en los que se invita al jefe del marido a cenar. Algo que, por otro lado, no se hace décadas, costumbre desacostumbrada que no modificó igual las listas de casamiento actuales, donde no faltan el levantacanelones y el despabilador de velas.

Con el dinero en el banco, se puso a hacer la búsqueda de verdad y descubrió que le gente vive en condiciones deplorables, y que por lo general es sucia y hasta maloliente. Que los parrilleros pueden ubicarse  en el fondo de los lavaderos, y que un nido de palomas callejeras pueden usar de water una ventana interna.

 

Clasificados

Ella era colorada natural y aborrecía las aberturas de aluminio, las casas “de estilo”, las descripciones eufemísticas de los avisos inmobiliarios. Además de una información resumida, había que ponerle aditivos como “imperdible”, “impecable”, “pequeños arreglos”, a una propiedad de precio razonable, común y destruida, respectivamente. Siempre había detestado esa sección del diario local que mas que inútil, le parecía un retroceso de la escritura occidental. Pero cierta vez le tocó cubrir a una compañera y no pudo negarse. Así que hizo una inspiración profunda -de las que ahora recomiendan terapeutas y matronas en el curso preparto- y se dedicó al género más detestable. Sobre todo porque, antes de la época de twitter, tener que describir tanto en tan pocos caracteres le resultaba una tarea inabordable.

 

Le llegaban las descripciones de las agencias y las inmobiliarias y ella tenía que ponerles color, precisión y gancho, una tarea de reconstrucción plástica, porque lo hacía basándose en planos y en fotos mal sacadas con celulares de poca batería. Así que para lograr un trabajo de calidad comenzó a hacer las visitas in situ. Entonces no sólo confirmó que la gente adula, duplica metros y llama luminoso a un pozo, sino que muchas veces miente descaradamente. Tres dormitorios que eran dos y un pasillo ancho. Un apartamento “coqueto”, un contrafrente inmundo, segundo por escalera. Cosas por el estilo. También descubrió a los escuetos y a los tacaños: esos que no ponían ni un dato de más (“Padrón único. Garage. 155 mil”) y los barrios repentinamente extendidos (Pocitos llega hasta el Estadio Centenario, Palermo Horse es Caballito, esas cosas que pasan en todas las ciudades del mundo).

 Le daba tantas vueltas al asunto de la verdad que terminó por creer que los avisos eran géneros literarios como las reestructuraciones, los rompimientos amorosos y algunas explicaciones para niños. La verdad pura y dura no estaba de moda. O todo iba en nombre de la publicidad y su revés, el temor de herir o de quedar como un idiota.

Un día de mucho calor y apagón eléctrico pensó otra cosa: que más allá de todo, la verdad era bella y apabullante y que había un punto de equilibrio exacto para afrontar la realidad. La prudencia no era ficción, ni un disparo de pintura en el espacio abierto, ni la maleza tapando el desagüe del patio vecino.

Torre/barro

Ahí están  esos que no tienen tiempo ni para pensar, atareados, criando, delirando con un fin de semana solos en un parador turístico, a miles de kilómetros del sueño interrumpido. Ahí están: los que la reman incansablemente y logran ese fin de semana, y vuelven renovados, y llegan a hacer más de lo que se sentían capaces, y piensan bastante.

 Ahí están los que dan tanto que no se encuentran a sí mismos, los que se encuentran tanto que no se dan. Los que logran la torre de marfil en medio de la pila de ropa tirada, y los rompecabezas desarmados en la alfombra. Los que sólo ven rompecabezas desarmados y pilas de ropa tirada, y se convierten en figuras de barro.

 Luego están los que nos creemos estar más allá de todo esto, y podemos hablar en tercera del plural, cuando es exactamente lo que les pasa a ellos, y a nosotros, torres de marfil y figuras de barro. Logramos media hora de juego interrumpido y una hora de lectura sin pausa con la misma fascinación, y con la misma dificultad.

Legendaria, o eso que pasa en los casamientos

El sábado tuvimos casamiento. Una boda esperada de dos ínclitos amigos. Dos historias especiales y únicas. La fiesta fue legendaria.

He visto a la misma pareja bailar en cada casamiento de cada una de mis amigas: ella, rubia y pelicorta; el, ruloso y barbudo. Nunca nos presentaron. Siempre están bailando juntos: deben estar haciéndolo desde la primera boda que los vi, en todas las pistas del mundo, y aun no han parado. Los dos son como un olograma del amor exclusivo.

Bailé muchísima cumbia, disfruté de los pasos de tres chacareras en fila (como siempre, desde afuera, otra vez me falla la pareja). Había un morochito que zapateaba con tanta seguridad como gracia. Fue maraviloso verlo inclinarse sobre los brazos de su china. Exquisito el tango de los novios: bajo el vestido blanco, las piernas femeninas. Sin ellas, igual, hubo precisión y estilo.

Fue como estar en el día de mi entierro pero conmigo. Es decir: ese ir y venir de un lado al otro de la fiesta como en casa, después de tantos años afuera. He visto cómo la suavidad de algunos mentones se volvieron rígidos en estos años; cómo caras lejanas se tornaron desconocidas, cómo caras nuevas de novios nuevos fueron como si las conociera desde la infancia. (Abracé a tanta gente y no paré de decir “te quiero” a quien se me ponía delante. No necesito las copas para hacerlo; juro que lo necesitaba).

Hemos conversado de temas trascendentales y de ligoteos. Hemos dicho chistes ridículos que sonaron geniales. Hemos hablado con invitados que nos entregaron el corazón latiendo en una bandeja.

El reencuentro con un compañero del colegio: qué-es-lo-que-hiciste, ¿tenés chicos? Fue como hablar desde el océano. Estuvimos cinco años en España, tenemos dos hijos, hicimos el doctorado, vivimos en Uruguay, viajamos, sur de Francia...todo sonaba a vida de otro, curiosamente nuestra.

Y fuimos de nuevo postadolescentes. Renovamos en silencio los votos. Volvimos caminando en la madrugada, con el sol en la nuca.

Equilibrio matutino

La familia arriba de la moto. Ocho y media de la mañana, arde el boulevard. El padre (36) conduce con casco y suéter azul. La nena (6) con casco rosa y puñitos cerrados y en tensión contra el suéter paterno. La madre (34), con casco también, se sube de una zancada con dos mochilas al hombro, y enseguida acaricia con una mano el suéter azul; con el codo agarra a la niña; con el antebrazo izquierdo, el fierro de la moto; con la axila, el termo plateado y con la mano izquierda, el mate nuevo, recién cebado.

Lady Argentain

Lady Argentain es la administradora que nos atendió amablemente el otro día en su departamento particular. Nos abrió la puerta mientras despedía a otra clienta y un perrito salchicha de sesenta centímetros, negro y feo, ladraba alegremente. El perrito no era de la clienta, como imaginábamos, era de Lady Argentain.

Ella, cincuentona y gordita, lucía esa cabellera de rulos italiana teñida de negro, y unos ojos morochos y saltones. Tenía ademanes de reina de barrio, abalorios y pulseras que la rodeaban de un clin clin, una remera con agujeros decorativos comprada en Once, y un rimmel pesando sobre sus pestañas. Nos invitó a pasar, indagó. Quería saberlo todo, de dónde veníamos y a dónde íbamos, pero nosotros aprendimos el arte del no revelar información  prescindible y nuestras caras fueron paredes. Voz chillona, muy amable, mucho esmalte. Su piso tenía olor a casa de soltera, divorciada o viuda porteña: mezcla de olor a perrito y gato, humedad y desodorante de ambiente Poett lavanda. Movía mucho las manos, miraba por encima de los anteojos de presbicia. Arriba de la computadora, tres portaretratos enmarcaban fotos fuera de foco: el primero, un gato sobre un sillón inmundo; el segundo, otro gato, pero blanco, sobre una colcha; el tercero, un perro pariente del salchicha.

En eso sentí un tirón en las babuchas. El perrito empezaba a comerse la tela y tiraba hacia abajo.

Señora…digale a su perro que no se coma mis pantalones– acoté.

Ay, ay…Pupi, Pupi, salí de ahí, nene..- y lo pateaba con sus sandalias que estaban apoyadas sobre patines de felpa, para no ensuciar el parquet.

Pupi insitió con mis babuchas por dos o tres veces más. Perro de porquería, pensé casi cuenta veces, pero con otras palabras.

Lady Argentain había viajado mucho: sombrero mexicano en la pared, jarra de cerveza alemana, bolso negro de Venecia. Entre las cajas de VHS, una que decía “Brasil romántico”, como de los años noventa. Miles de souvenirs de fiestas de quince, casamientos y bautismos.

Queríamos irnos cuanto antes, pero insistió mucho: Qué bien, no sabía quiénes eran ustedes, no sabía nada si estaban acá o fuera…Lady Argentain tiene un arte innato para sacarte información, chismosear y urgar en tu vida, aunque vos no quieras. Nos sacó sólo que tal vez no estuvieramos este mes. Muy amable, cariñosa, hablando de la inflación, del dinero que no alcanza.

Gracias. Decidimos largarnos cuanto antes. Nos acompañó, arrastrándose por el suelo con sus patines de tela, y con Pupi saltándole entre los pasos, sutil, oloroso, insoportable.

Vuelvan cuando quieran... insitió ella, con toda su blanca humanidad en el agujero de la puerta.  No fue tan mala su pericia, ni su actitud. Terribles fueron esos dos segundos en los que quiso ser nuestra segunda mamá y no lo consiguió.