Lecturalia

Walsh

Hace poco, en una entrevista, Jorge Lanata dijo que Walsh era uno de los mejores escritores argentinos. Me pareció una de esas definiciones con guiño, de un periodista a otro, porque Rodolfo Walsh escribió la realidad como si fuera mentira. Y ahí está el punto, como dice Ondaatje, una mentira bien contada vale más que mil hechos reales. En Sri Lanka y en la Argentina de la (contra)Revolución Libertadora, también.

Lo más divertido es que Lanata dijera: “lástima que era guerrillero”. Esta declaración y el último libro de Vargas Llosa me hacen pensar de qué manera elegante la vieja izquierda no es más que una derecha romántica. Ahora todos los diestros leen a Vargas Llosa y aplauden a Lanata cuando antes no los podían ni ver. La verdad suena bien, venga de donde venga.

 Últimamente todo comentario que se haga puede ser leído en clave política, por eso aclaro, no quiero que mi entrada sobre Walsh sea susceptible de esa lectura -en los últimos días, toda conversación rioplatense termina en una letra (K), en un nudo en la garganta (Paraguay), en un país flotando y legalizando la marihuana, aquí. Y la tentanción de hacer una lectura alegórica de la realidad en la literatura me está tentando mucho, tanto, que parezco afectada de alegoría-.

 Y vuelvo a Walsh, a la lectura trepidante de Operación Masacre, de la dureza de aquella violencia, (de los cuerpos que encontraron en la autopista caraqueña por donde pasa todos los días una amiga), de aquellos otros cadáveres inocentes  del 56 y de los muertos vivos. La invisibilización es un gesto mecánico de muchos gobiernos, pienso, y la crónica siempre estuvo emparentada con la ficción en el periodismo y la literatura argentina. Hay un hilo invisible que sale desde la excursión de Mansilla hasta Eduardo Gutiérrez y que fibrila en Walsh. Siguió entre otros el enhebrado, y las actuales columnas de Reymundo Roberts en La Nación sólo me hacen recordar a La Moda de Alberdi, y la ironia como forma de resistencia. Y detrás de la crónica y el artículo superfluo, el desvelamiento de lo silenciado.

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El corazón: viajero, salvaje, cazador solitario

Viaje al corazón del día de Armonía Sommers tendría que haberse sincerado con su género: no es una novela, sino un poema de Olga Orozco. Hasta Clarice Lispector y su Cerca del corazón salvaje, de quien abreva sin saberlo, tiene mayor cercanía con la narrativa.

Empiezo así esta entrada, intempestiva, y con el conocimiento que mis gustos literarios han cambiado. Veamos. Viaje al corazón del día reúne todos los elementos que me hubieran fascinado hace quince años: historia de niña huérfana, criada por abuela rica y opresora en una estancia en medio de la planicie ondulada, con un destino de felicidad hacia el cual corre con los lobos. El uso de los elementos del romance es claro, y Sommers los trabaja hasta el dedillo, y le agrega toda la simbología erótica y lírica con la que envasa cuestiones femeninas de las que no se puede hablar, a mi entender,  a boca de jarro y en ralentí. O eso creo, casi con toda seguridad. La lectura ha sido fluida, amena, de a ratos un tanto bobalicona. Encanta como el cascabel, pero sigue en la cola del gato.

En el revés de su escritura, diría la órfica, sigo releyendo los poemas completos de Orozco que salieron el año pasado y que compré en un viaje, como si se tratase del último libro que me llevaría a una isla.