La loca de la casa

Torre/barro

Ahí están  esos que no tienen tiempo ni para pensar, atareados, criando, delirando con un fin de semana solos en un parador turístico, a miles de kilómetros del sueño interrumpido. Ahí están: los que la reman incansablemente y logran ese fin de semana, y vuelven renovados, y llegan a hacer más de lo que se sentían capaces, y piensan bastante.

 Ahí están los que dan tanto que no se encuentran a sí mismos, los que se encuentran tanto que no se dan. Los que logran la torre de marfil en medio de la pila de ropa tirada, y los rompecabezas desarmados en la alfombra. Los que sólo ven rompecabezas desarmados y pilas de ropa tirada, y se convierten en figuras de barro.

 Luego están los que nos creemos estar más allá de todo esto, y podemos hablar en tercera del plural, cuando es exactamente lo que les pasa a ellos, y a nosotros, torres de marfil y figuras de barro. Logramos media hora de juego interrumpido y una hora de lectura sin pausa con la misma fascinación, y con la misma dificultad.

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Legendaria, o eso que pasa en los casamientos

El sábado tuvimos casamiento. Una boda esperada de dos ínclitos amigos. Dos historias especiales y únicas. La fiesta fue legendaria.

He visto a la misma pareja bailar en cada casamiento de cada una de mis amigas: ella, rubia y pelicorta; el, ruloso y barbudo. Nunca nos presentaron. Siempre están bailando juntos: deben estar haciéndolo desde la primera boda que los vi, en todas las pistas del mundo, y aun no han parado. Los dos son como un olograma del amor exclusivo.

Bailé muchísima cumbia, disfruté de los pasos de tres chacareras en fila (como siempre, desde afuera, otra vez me falla la pareja). Había un morochito que zapateaba con tanta seguridad como gracia. Fue maraviloso verlo inclinarse sobre los brazos de su china. Exquisito el tango de los novios: bajo el vestido blanco, las piernas femeninas. Sin ellas, igual, hubo precisión y estilo.

Fue como estar en el día de mi entierro pero conmigo. Es decir: ese ir y venir de un lado al otro de la fiesta como en casa, después de tantos años afuera. He visto cómo la suavidad de algunos mentones se volvieron rígidos en estos años; cómo caras lejanas se tornaron desconocidas, cómo caras nuevas de novios nuevos fueron como si las conociera desde la infancia. (Abracé a tanta gente y no paré de decir “te quiero” a quien se me ponía delante. No necesito las copas para hacerlo; juro que lo necesitaba).

Hemos conversado de temas trascendentales y de ligoteos. Hemos dicho chistes ridículos que sonaron geniales. Hemos hablado con invitados que nos entregaron el corazón latiendo en una bandeja.

El reencuentro con un compañero del colegio: qué-es-lo-que-hiciste, ¿tenés chicos? Fue como hablar desde el océano. Estuvimos cinco años en España, tenemos dos hijos, hicimos el doctorado, vivimos en Uruguay, viajamos, sur de Francia...todo sonaba a vida de otro, curiosamente nuestra.

Y fuimos de nuevo postadolescentes. Renovamos en silencio los votos. Volvimos caminando en la madrugada, con el sol en la nuca.