Ficciones

Temporada alta II

Era evidente que la operadora o, para ser más exactos, Mirna, no iba a poder seguir con esas sesiones. Le quedaban casi veinte del pack del seguro médico, pero supo que sus charlas amenas con la sicóloga habían llegado a su fin.

El día aquel del complejo, llegó a casa y lo primero que hizo, mientras el compañero se duchaba, es meterse en google y buscar “Edipo”. Luego “Electra”. Aunque seguía en estado de shock, se animó a cliquear en “complejo de”.

Esto no va a ningún lado, pensó. Pero como era muy educada y formal, además de lo ya dicho, en la próxima sesión le preguntó bien qué era eso del complejo y cómo se solucionaba. Qué pasos había que seguir, qué decisiones tomar, qué hábitos dejar.

Mi padre está muerto. No tengo nada que hacer, suspiró Mirna, después de escuchar el comienzo de una respuesta con la oración:“No es así de fácil”.

A partir de ese momento, todo lo que dijo la licenciada le sonó a tambores de fondo. Perdió 19 sesiones, pero supuso que ya nunca más las necesitaría.

Todo esto me lo contó con cara de expectación, los ojos un poco salidos de sus órbitas y bastante líquidos. Nos conocemos desde hace años, pero todavía no nos tuteamos. En verdad ¿es un amigo alguien que ves en el balneario una vez al año, y sólo lo cruzás para el chequeo general de las instalaciones y alguna vez más? Ella viene cada diciembre a confirmarme los reservados de su empresa, a chequear la calidad de los baños y el estado de las reposeras. Después, en enero, baja a la hora de los mates y de vez en cuando, le doy charla. Es muy atenta con sus clientes y desde que el anterior dueño me vendió la concesión, no se queda tranquila. El primer año no me sorprendió porque es normal que lo revisara, después del cambio de firma. El segundo año, la creí desconfiada. Ya para el tercero me di cuenta que lo que hacía era de maniática nomás. Y me cayó bien. Muy laburadora, de ánimo tranquilo pero triste. O eso me pareció después de que me mencionara lo de la depresión.

Ese enero la playa estaba a reventar. En la peor hora, Mirna trabajaba adentro de la agencia, mientras el calor levantaba vapores sobre el asfalto del bulevar. El cadete y la vecina contaron que ese día, después de la firma de una excursión, ella agarró su bolso azul con ribetes marinos (blancos, dorados, de los que se venden en los puestitos), se puso la capelina de la media tarde y saludó sin decir a dónde iba. El compañero los llamó a todos los empleados a las ocho de la tarde, porque no la encontraba en la playa. Los de la agencia estaban cerrando. La búsqueda de la policía no empezó hasta la medianoche. Los oficiales se tomaban el vermuth, antes de la ronda por los boliches y bailes, cuando recibieron la llamada. Quedaron sorprendidos porque todos conocían muy bien a Mirna y no parecía de esas mujeres capaces de arrancar hacia la nada sin avisar.

Temporada alta I

Ser ingenuo puede ser algo hermoso o terrible, depende de cómo se mire. La gente ingenua que conozco me ha regalado una mirada refrescante, un oasis en el mundo de doble sentido e intencionalidad …pero también, con eso del doble filo y la falta de doblez, la gente ingenua puede llegar a despedazarte con un tajo pequeño, rápido y doloroso.

Ser sustentable es, por estos días, una especie de requisito. Los países se miden por esta virtud, las empresas son evaluadas y beneficiadas por esto. Ser sustentable está de moda. Aquello que hacíamos en los 80 en los países latinoamericanos era ser sustentable: usar bolsa tejida para ir al super, comprar bebidas en envases retornables, prestar y pasarse ropa del primo entre tres o cuatro hermanos, aprovechar las camisas viejas como delantal de plástica, en fin, vivíamos en el futuro.

Con un poco de sorpresa, estas dos virtudes las encontré en ella: era ingenua y sustentable a la vez. Trabajaba como operadora de turismo y estaba en temporada alta, pero volvía a casa, después de doce horas de trabajo, se tiraba en el sillón y se sentía vacía y triste. No le daba ganas de hacer nada más que trabajar y de vez cuando, claro, salir a tomar un helado con su compañero por la rambla de piedra quebrada.

Alguien, la vecina o tal vez la socia, le dijo que quizás lo suyo era depresión. A ella no le dio ganas de reír, sino un malhumor chino cuando escuchó esto. Así que pensó que tal vez estuviera deprimida y que esa enfermedad, como le había dicho la vecina o la socia -las dos se le confundían porque solían darle el mismo consejo  homeopático- podía ser cierto.

-Y con eso….¿qué hago?

Y ahí apareció una tarjetita con letra cursiva tamaño 12. Y así, sin saber cómo, empezó ir a terapia.

La verdad que al principio la cosa funcionó al pelo, porque la licenciada la escuchaba, la entendía y le daba consejos prácticos para vivir la vida mejor y animarse. Las sesiones pasaban, ella atendía sus consejos, trabajaba menos y salía un poco más, y su humor mejoraba. Así como pasó un poco la depresión, aparecieron otras cosas y las iba hablando con ella, cómoda y feliz.

A los pocos días de sentirse recuperada, quiso darse de alta, pero la licenciada no accedió. En una especie de interrupción radial, y después de varios encuentros en los que pasaba media hora sin hablar, la paciente le comentó algo raro que venía sintiendo (no fuera cosa de desperdiciar  el dinero, aunque estuviera todo incluido en un pack de 100 horas  del seguro médico). Eso que le pasaba era  que otra vez había aparecido el marido de su amiga Zulma por el balneario y a ella se le habían caído las medias al piso.

¿Las levantó?- le preguntó la psicóloga, anotando.

-Mire, fue como por dentro…como si fueran unas medias interiores.

-Ajá, es decir, le mueve el piso, la seduce, le gusta.

-Lo del piso no me pasó. Estaba parada en la arena, con una chancleta rota y el pareo enganchado en las dos tiritas de la malla. El tipo me gustó siempre. Eso no es un problema. El tema es que yo estoy feliz con mi compañero. Y pensar en el otro no me deja trabajar.

-Se va ir del balneario, de todos modos. Ya es cambio de quincena.

-Sí- dijo la operadora hundiendo el labio- pero no es sólo con él. Me pasa siempre, con todos.

-¿Todos?

-Con mis cadetes, con el puestero de la feria, con el guardavidas, con el tortafritero del sindicato…Me gustan mucho, me enamoro, no dejo de pensar en ellos, me impiden trabajar, y luego los dejo de ver por un tiempo. Todo vuelve cíclicamente, de acuerdo a la época del año. Pero son estupideces, ¿no?

-Bueno…no- empezó la licenciada con golpecitos en el cuaderno- Tal vez lo que tengamos que trabajar es un complejo de Edipo o de Electra no resuelto…

Ella calló y pensó en la etiqueta de un perfume del barrio chino.

-Ta….

Se acomodó de nuevo una media hora de silencio entre las dos en la que la licenciada sólo hizo dibujitos alrededor de los agujeros de la hoja.

 

 

Clasificados II

 

Lo de la Colo era original. Sabía, cuando eligió la carrera, que ese era el lugar donde pescaría marido. Periodismo: una carrera bohemia pero no al nivel de Humanidades; como para ser casi pobre,  pero no del todo, y aun mejor, en una universidad privada porque, por más diletante que fuera su candidato, siempre detrás habría una familia azul brindando el apoyo y un puesto clave en alguna empresa del abuelo fundador.

Ella no iba con vueltas: hacía la carrera para conseguir marido, para quemar en tareas útiles y provechosas esos años grises entre la secundaria y el hogar. Y eso, en los inicios del siglo XXI, era casi un curiosidad o mejor, era para elegidas. La Colo era una de ellas.

Por eso, cuando terminó periodismo y no hubo ni uno que se le declarase, no dudó en aceptar aquel puesto en el diario local y todas las comodidades de entrar a las 8, salir a las 14, y después hacer….cosas. Pilates, respiración oriental, eneagrama y cursos por el estilo atrincheraban sus tardes (el tiempo en que su abuela hubiera hecho calceta y jugado al bridge), mientras sus compañeras de colegio se atrasaban con sus estudios, hacían viajes de voluntariado a Cuba, probaban infelices convivencias, y se hacían a dedo la ruta hasta Macchu Picchu. De todos modos, ella ganaba tiempo:  buscaba la casa de sus sueños. Por que era eso lo que terminó motivando sus informes inmobiliarios. Y una tía lejana murió y le dejó unos dólares y se le metió en la cabeza una inversión para el futuro: su jaula de oro, al gusto de los años 50, con cosas modernas como hornos inteligentes, pero con la vajilla de diario durex y la loza de los días en los que se invita al jefe del marido a cenar. Algo que, por otro lado, no se hace décadas, costumbre desacostumbrada que no modificó igual las listas de casamiento actuales, donde no faltan el levantacanelones y el despabilador de velas.

Con el dinero en el banco, se puso a hacer la búsqueda de verdad y descubrió que le gente vive en condiciones deplorables, y que por lo general es sucia y hasta maloliente. Que los parrilleros pueden ubicarse  en el fondo de los lavaderos, y que un nido de palomas callejeras pueden usar de water una ventana interna.

 

Clasificados

Ella era colorada natural y aborrecía las aberturas de aluminio, las casas “de estilo”, las descripciones eufemísticas de los avisos inmobiliarios. Además de una información resumida, había que ponerle aditivos como “imperdible”, “impecable”, “pequeños arreglos”, a una propiedad de precio razonable, común y destruida, respectivamente. Siempre había detestado esa sección del diario local que mas que inútil, le parecía un retroceso de la escritura occidental. Pero cierta vez le tocó cubrir a una compañera y no pudo negarse. Así que hizo una inspiración profunda -de las que ahora recomiendan terapeutas y matronas en el curso preparto- y se dedicó al género más detestable. Sobre todo porque, antes de la época de twitter, tener que describir tanto en tan pocos caracteres le resultaba una tarea inabordable.

 

Le llegaban las descripciones de las agencias y las inmobiliarias y ella tenía que ponerles color, precisión y gancho, una tarea de reconstrucción plástica, porque lo hacía basándose en planos y en fotos mal sacadas con celulares de poca batería. Así que para lograr un trabajo de calidad comenzó a hacer las visitas in situ. Entonces no sólo confirmó que la gente adula, duplica metros y llama luminoso a un pozo, sino que muchas veces miente descaradamente. Tres dormitorios que eran dos y un pasillo ancho. Un apartamento “coqueto”, un contrafrente inmundo, segundo por escalera. Cosas por el estilo. También descubrió a los escuetos y a los tacaños: esos que no ponían ni un dato de más (“Padrón único. Garage. 155 mil”) y los barrios repentinamente extendidos (Pocitos llega hasta el Estadio Centenario, Palermo Horse es Caballito, esas cosas que pasan en todas las ciudades del mundo).

 Le daba tantas vueltas al asunto de la verdad que terminó por creer que los avisos eran géneros literarios como las reestructuraciones, los rompimientos amorosos y algunas explicaciones para niños. La verdad pura y dura no estaba de moda. O todo iba en nombre de la publicidad y su revés, el temor de herir o de quedar como un idiota.

Un día de mucho calor y apagón eléctrico pensó otra cosa: que más allá de todo, la verdad era bella y apabullante y que había un punto de equilibrio exacto para afrontar la realidad. La prudencia no era ficción, ni un disparo de pintura en el espacio abierto, ni la maleza tapando el desagüe del patio vecino.

Estar viva

Beba se enamoró una sola vez en su vida y ahora, ésta. Entró un día en el almacén del barrio y, a pesar de las canas, empezó a temblar por dentro y por él: un chico joven, ecuatoriano, simpático y honrado, el empleado nuevo. Todos los días, desde entonces, ella compra el pan ahí y las cosas sueltas que se olvida cuando va al mercado. Pero desde que empezó a tratar a Lauro, se siente idiota y apesadumbrada. Podría ser su abuela, piensa, su bisabuela. Y es de otra raza y de otro sexo, y qué ridícula si… Tengo que volver a comprar donde siempre.

 Lo ve con frecuencia, porque el mercado empezó a quedarle lejos. Además, ahora se lo encuentra en el club social, en la comisión de vecinos y en el parque. Ella siempre fue jovial y, desde que cumplió sesenta, mucho más. Alegre y divertida, llena de nietos y de historias, ama a Alfredo con locura, y Alfredo a ella. Nunca hubo ni un más ni un menos con el primero de todos, con el que siempre será el primero. Nunca hubo dudas con él, los tambaleos de siempre y las peleas, pero quién no, piensa, extrañamente culposa en una vida sin grandes sobresaltos. Es más, el escrúpulo siempre le pareció eso, lo que la palabra insinúa, un grano o un sarpullido con pus a punto de estallar; su vida, libre y serena, nunca conoció aquella infección.

Quiso controlarlo y razonarlo. Desde el principio, se lo contó a la amiga, pero en broma, restándole atención al asunto, hasta que un día se rindió. Hubo un momento mágico, una charla en el almacén sobre el pasado de Lauro, de cuando trabajaba de ebanista, y de cómo había recorrido la selva, cerca del paralelo, y ella lo escuchó sin hablar. En ese instante sagrado, se sintió completa, en confianza, nueva. Sin darle muchas vueltas, porque no era su estilo, se lo contó a la amiga, al filo de la risa y la angustia. La amiga, veinte años más joven y sabia que ella, escuchó mucho, asintiendo con la cabeza a cada frase, a cada espasmo de sus manos, a cada porqué, porqué, porqué. Siguió el ritmo de la obsesión, comprendiéndolo todo, y en el hilo de la charla le soltó un

-Porque estamos vivas, nena.

Tal vez no sea muy verosímil, pero ahí mismo, a la amiga de Beba le dio por cantar unos versos alados de la Rosario Castellanos, como en un musical technicolor, algo así como…

 

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovary

ni aguardar en los páramos de Ávila
la visita del ángel con venablo

antes de liarse el manto a la cabeza y comenzar a actuar.