Month: January 2014

Temporada alta II

Era evidente que la operadora o, para ser más exactos, Mirna, no iba a poder seguir con esas sesiones. Le quedaban casi veinte del pack del seguro médico, pero supo que sus charlas amenas con la sicóloga habían llegado a su fin.

El día aquel del complejo, llegó a casa y lo primero que hizo, mientras el compañero se duchaba, es meterse en google y buscar “Edipo”. Luego “Electra”. Aunque seguía en estado de shock, se animó a cliquear en “complejo de”.

Esto no va a ningún lado, pensó. Pero como era muy educada y formal, además de lo ya dicho, en la próxima sesión le preguntó bien qué era eso del complejo y cómo se solucionaba. Qué pasos había que seguir, qué decisiones tomar, qué hábitos dejar.

Mi padre está muerto. No tengo nada que hacer, suspiró Mirna, después de escuchar el comienzo de una respuesta con la oración:“No es así de fácil”.

A partir de ese momento, todo lo que dijo la licenciada le sonó a tambores de fondo. Perdió 19 sesiones, pero supuso que ya nunca más las necesitaría.

Todo esto me lo contó con cara de expectación, los ojos un poco salidos de sus órbitas y bastante líquidos. Nos conocemos desde hace años, pero todavía no nos tuteamos. En verdad ¿es un amigo alguien que ves en el balneario una vez al año, y sólo lo cruzás para el chequeo general de las instalaciones y alguna vez más? Ella viene cada diciembre a confirmarme los reservados de su empresa, a chequear la calidad de los baños y el estado de las reposeras. Después, en enero, baja a la hora de los mates y de vez en cuando, le doy charla. Es muy atenta con sus clientes y desde que el anterior dueño me vendió la concesión, no se queda tranquila. El primer año no me sorprendió porque es normal que lo revisara, después del cambio de firma. El segundo año, la creí desconfiada. Ya para el tercero me di cuenta que lo que hacía era de maniática nomás. Y me cayó bien. Muy laburadora, de ánimo tranquilo pero triste. O eso me pareció después de que me mencionara lo de la depresión.

Ese enero la playa estaba a reventar. En la peor hora, Mirna trabajaba adentro de la agencia, mientras el calor levantaba vapores sobre el asfalto del bulevar. El cadete y la vecina contaron que ese día, después de la firma de una excursión, ella agarró su bolso azul con ribetes marinos (blancos, dorados, de los que se venden en los puestitos), se puso la capelina de la media tarde y saludó sin decir a dónde iba. El compañero los llamó a todos los empleados a las ocho de la tarde, porque no la encontraba en la playa. Los de la agencia estaban cerrando. La búsqueda de la policía no empezó hasta la medianoche. Los oficiales se tomaban el vermuth, antes de la ronda por los boliches y bailes, cuando recibieron la llamada. Quedaron sorprendidos porque todos conocían muy bien a Mirna y no parecía de esas mujeres capaces de arrancar hacia la nada sin avisar.

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Temporada alta I

Ser ingenuo puede ser algo hermoso o terrible, depende de cómo se mire. La gente ingenua que conozco me ha regalado una mirada refrescante, un oasis en el mundo de doble sentido e intencionalidad …pero también, con eso del doble filo y la falta de doblez, la gente ingenua puede llegar a despedazarte con un tajo pequeño, rápido y doloroso.

Ser sustentable es, por estos días, una especie de requisito. Los países se miden por esta virtud, las empresas son evaluadas y beneficiadas por esto. Ser sustentable está de moda. Aquello que hacíamos en los 80 en los países latinoamericanos era ser sustentable: usar bolsa tejida para ir al super, comprar bebidas en envases retornables, prestar y pasarse ropa del primo entre tres o cuatro hermanos, aprovechar las camisas viejas como delantal de plástica, en fin, vivíamos en el futuro.

Con un poco de sorpresa, estas dos virtudes las encontré en ella: era ingenua y sustentable a la vez. Trabajaba como operadora de turismo y estaba en temporada alta, pero volvía a casa, después de doce horas de trabajo, se tiraba en el sillón y se sentía vacía y triste. No le daba ganas de hacer nada más que trabajar y de vez cuando, claro, salir a tomar un helado con su compañero por la rambla de piedra quebrada.

Alguien, la vecina o tal vez la socia, le dijo que quizás lo suyo era depresión. A ella no le dio ganas de reír, sino un malhumor chino cuando escuchó esto. Así que pensó que tal vez estuviera deprimida y que esa enfermedad, como le había dicho la vecina o la socia -las dos se le confundían porque solían darle el mismo consejo  homeopático- podía ser cierto.

-Y con eso….¿qué hago?

Y ahí apareció una tarjetita con letra cursiva tamaño 12. Y así, sin saber cómo, empezó ir a terapia.

La verdad que al principio la cosa funcionó al pelo, porque la licenciada la escuchaba, la entendía y le daba consejos prácticos para vivir la vida mejor y animarse. Las sesiones pasaban, ella atendía sus consejos, trabajaba menos y salía un poco más, y su humor mejoraba. Así como pasó un poco la depresión, aparecieron otras cosas y las iba hablando con ella, cómoda y feliz.

A los pocos días de sentirse recuperada, quiso darse de alta, pero la licenciada no accedió. En una especie de interrupción radial, y después de varios encuentros en los que pasaba media hora sin hablar, la paciente le comentó algo raro que venía sintiendo (no fuera cosa de desperdiciar  el dinero, aunque estuviera todo incluido en un pack de 100 horas  del seguro médico). Eso que le pasaba era  que otra vez había aparecido el marido de su amiga Zulma por el balneario y a ella se le habían caído las medias al piso.

¿Las levantó?- le preguntó la psicóloga, anotando.

-Mire, fue como por dentro…como si fueran unas medias interiores.

-Ajá, es decir, le mueve el piso, la seduce, le gusta.

-Lo del piso no me pasó. Estaba parada en la arena, con una chancleta rota y el pareo enganchado en las dos tiritas de la malla. El tipo me gustó siempre. Eso no es un problema. El tema es que yo estoy feliz con mi compañero. Y pensar en el otro no me deja trabajar.

-Se va ir del balneario, de todos modos. Ya es cambio de quincena.

-Sí- dijo la operadora hundiendo el labio- pero no es sólo con él. Me pasa siempre, con todos.

-¿Todos?

-Con mis cadetes, con el puestero de la feria, con el guardavidas, con el tortafritero del sindicato…Me gustan mucho, me enamoro, no dejo de pensar en ellos, me impiden trabajar, y luego los dejo de ver por un tiempo. Todo vuelve cíclicamente, de acuerdo a la época del año. Pero son estupideces, ¿no?

-Bueno…no- empezó la licenciada con golpecitos en el cuaderno- Tal vez lo que tengamos que trabajar es un complejo de Edipo o de Electra no resuelto…

Ella calló y pensó en la etiqueta de un perfume del barrio chino.

-Ta….

Se acomodó de nuevo una media hora de silencio entre las dos en la que la licenciada sólo hizo dibujitos alrededor de los agujeros de la hoja.

 

 

El manto

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Abro este blog con entradas publicadas de mi viejo locusinmundo.

Hace casi un año que vengo pensando refrescar aquel o empezar uno, pero necesité que pasara tiempo y que sólo él fuera el cernidor.

Las entradas anteriores a esta fueron publicadas entre el 2009 y el 2012. Seleccioné algunas de las más significativas, o las que mejores comentarios recibieron entonces.

Ahora reabro este canal para seguir compartiendo los fogonazos de un mundo brillante. No es fácil elegir el nombre de las cosas (o al menos, no para mí). Y de pronto volvieron, con una insistencia clarividente, estos versos de Rosario Castellanos: 

no, no es la solución

tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy 

ni apurar el arsénico de Madame Bovary 

ni aguardar en los páramos de Ávila la visita 

del ángel con venablo

antes de liarse el manto a la cabeza

y comenzar a actuar. 

 Ya se ve que escribir, siempre, es empezar.