Camoatí

Trabajo como una hormiguita, con puestos como sombreros de ala ancha, con la cara oscura y las antenas atentas para no chocar contra las piedras. Llevo las hojas, también al viento. Sólo soy reina de mi hormiguero. He ahí todo acolmenado, almacenado en pequeños rincones. Es un hormiguero sin túneles ni muchas entradas. Todo es sencillo, soledado, y a la vista comemos, tiramos agua, cosemos botones, hacemos de un sofá verde un barco de filibusteros.

Hay muchas hormigas de pan, dice un niño señalando el suelo del comedor después de la merienda.

Otro se para a su lado sobre una silla blanca y dice algo similar, pero en un tierno arameo, también con el dedo tieso.

Después salgo y le explico a serios universitarios la transculturación narrativa con la metáfora de una plastilina no tóxica: mezclas los colores y ya no se pueden separar.

Después encuentro en todos los adultos del mundo un gurí adentro que no fue atendido, al que le dijeron: “no duele, ya pasó, no sentís nada”, y a otros cuya madre les contaba cuentos con el velador encendido.

Ahí afuera, una libélula rionegrina, un camoatí sibilante, una hormiga con alas finas y translúcidas que se desplaza a toda velocidad para llegar a tiempo a casa a la hora del tejido.

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