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Ella era colorada natural y aborrecía las aberturas de aluminio, las casas “de estilo”, las descripciones eufemísticas de los avisos inmobiliarios. Además de una información resumida, había que ponerle aditivos como “imperdible”, “impecable”, “pequeños arreglos”, a una propiedad de precio razonable, común y destruida, respectivamente. Siempre había detestado esa sección del diario local que mas que inútil, le parecía un retroceso de la escritura occidental. Pero cierta vez le tocó cubrir a una compañera y no pudo negarse. Así que hizo una inspiración profunda -de las que ahora recomiendan terapeutas y matronas en el curso preparto- y se dedicó al género más detestable. Sobre todo porque, antes de la época de twitter, tener que describir tanto en tan pocos caracteres le resultaba una tarea inabordable.

 

Le llegaban las descripciones de las agencias y las inmobiliarias y ella tenía que ponerles color, precisión y gancho, una tarea de reconstrucción plástica, porque lo hacía basándose en planos y en fotos mal sacadas con celulares de poca batería. Así que para lograr un trabajo de calidad comenzó a hacer las visitas in situ. Entonces no sólo confirmó que la gente adula, duplica metros y llama luminoso a un pozo, sino que muchas veces miente descaradamente. Tres dormitorios que eran dos y un pasillo ancho. Un apartamento “coqueto”, un contrafrente inmundo, segundo por escalera. Cosas por el estilo. También descubrió a los escuetos y a los tacaños: esos que no ponían ni un dato de más (“Padrón único. Garage. 155 mil”) y los barrios repentinamente extendidos (Pocitos llega hasta el Estadio Centenario, Palermo Horse es Caballito, esas cosas que pasan en todas las ciudades del mundo).

 Le daba tantas vueltas al asunto de la verdad que terminó por creer que los avisos eran géneros literarios como las reestructuraciones, los rompimientos amorosos y algunas explicaciones para niños. La verdad pura y dura no estaba de moda. O todo iba en nombre de la publicidad y su revés, el temor de herir o de quedar como un idiota.

Un día de mucho calor y apagón eléctrico pensó otra cosa: que más allá de todo, la verdad era bella y apabullante y que había un punto de equilibrio exacto para afrontar la realidad. La prudencia no era ficción, ni un disparo de pintura en el espacio abierto, ni la maleza tapando el desagüe del patio vecino.

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